Cuando mi madre era niña, la familia se mudó de un pequeño pueblo de Cáceres a la ciudad de Madrid para que mi abuelo trabajase en la construcción. Estábamos en la fragua. Entonces era la época en que todo el mundo se iba al extranjero. El campo ya no daba de comer… Daba de comer, pero no se vivía. El aluminio estaba de moda, pero él no lo había trabajado antes y no quería dejar a mi bisabuelo, el Abuelo Barquilla, solo en el pueblo. El Abuelo Barquilla solo se dedicaba ya a hacer chuminadas para las niñas del pueblo. Pequeños juguetes con cobre, que era la chatarra que tenía allí en la fragua. Retales que le compraba al chatarrero.
Así, bajo la insistencia del Abuelo Barquilla, acabó yéndose él solo a Riotajo con los alemanes que, según él dice, le querían llevar a Alemania, pero no me salía a cuenta. Después, fue a Saltos de Torrejón y a Alcántara, donde necesitaban montar una fragua y necesitaban a un herrero y yo había aprendido con ocho años subido encima de un bote de leche condensada para llegar al fuego.
Se asentaron finalmente en el barrio de Usera, en el actual Zofío. Al poco tiempo, cuando la Pili iba a los colegios de pequeños, mi abuelo construiría una pasarela que a día de hoy cruza la actual A-42, conectando el barrio de Usera con el parque que se encuentra al otro lado de la carretera y grabaría sus iniciales con un soplete a hurtadillas: G. B. R. Esta va pa’ la carretera allí de nuestro barrio. Hazla bien hecha.
Esta estructura de vigas de hierro soporta el peso de una historia, al igual que los metales que ahora sustituyen las caderas de mi abuelo sujetan el cuerpo que las narra. Mi abuelo Goro cuenta historias, muchas veces repetidas, de lo que era capaz de hacer cuando la carne lo sostenía todo. Ahora su memoria y su capacidad narrativa son las que movilizan la esperanza, el deseo y la ilusión que tenía cuando se mudaron a Madrid y que ahora siente al poder compartir su experiencia, manteniendo esa expectativa en el cuerpo del otro.
Cuando cuenta algo, toda palabra parece estar al mismo nivel. Su experiencia se entremezcla con la de otros: la narración, el diálogo y el gesto. A veces, uno se pierde entre nombres y conversaciones. Quién dijo qué o a qué persona se refiere esta acción. No se sabe si la estaba realizando él mismo o si seguía en la historia del anterior. Igual no es un narrador muy hábil, quizás sea la edad lo que le atraviesa y mi madre tiene razón cuando afirma que a veces no sabe lo que dice. Pero mi abuelo no es una persona demente, o a mí me gustaría pensar que todavía no ha llegado a ese punto de la vejez en el que se inventa cosas que no han sucedido realmente. Como mucho, supongo que llena los pequeños vacíos de los que no se acuerda con cierta fantasía, como quizás hace todo el mundo cuando el recuerdo borroso conecta varios puntos por lógica o por deseo. En verdad, cualquier narrador que se preste debe hacerlo: apropiarse de cierta imaginación y encarnar la experiencia del otro como si fuese propia. Como ahora cuento esta historia suya como si fuese mía o la de mi recuerdo.
En la tradición oral, las notas a pie de página se integran en el texto hablado. Y mi abuelo, como muchos otros, no da explicaciones de ello. No es un desvío aclaratorio antecedido por un esto es así porque… Las frases siguen estando conectadas a esa bifurcación sin que esta se sienta como algo extraño, hasta que te das cuenta de que la historia ha cambiado de rumbo. Entre tanto, a veces las historias se hacen pesadas. Se alargan en el desvío y uno pierde el interés en temas que aparecieron en un momento dado y volvieron a desaparecer rápidamente. Cuesta dejarlo por escrito porque esto supone señalar que las palabras de los mayores nos aburren a veces. Quizás sea dejar constancia también de algo que todo el mundo sabe: que los abuelos no interesan. No es nada nuevo tampoco, siempre ha pasado. No suscitan novedad ni hacen nada que no esperabas que hubiesen hecho durante el día. Aburren también porque no estamos acostumbrados a escuchar ni a aburrirnos, y para enterarse de una buena historia en ocasiones hay que estar dispuesto a aburrirse.
Para nuestra generación, toda la información se presenta al mismo nivel de importancia. Toda quiere ser recibida con la misma atención. Pero la mayoría solo es información, no son historias. Por eso no se escuchan con intención de retenerlas. Por eso nNo se alargan en el tiempo ni tienen continuidad, no producen rupturas en nuestra rutina y no generan narraciones alrededor. Como mucho, se archivan para volverlas a ver más tarde si se da la oportunidad.
Mucha de esta información sigue un mismo ritmo corto y repetitivo. ¿Sabías que si haces tal obtienes Pascual? Prepárate conmigo mientras te cuento esto o esto otro. Y ese no es el ritmo al que cuenta sus historias mi abuelo, ni ninguna otra persona en medio de una conversación. Aquí los ritmos son otros muchos. Las palabras se ralentizan de repente cuando una acción se vuelve concreta y de manera espontánea las manos de mi abuelo me explican cómo hay que sujetar una máquina específica de soldado para unir dos piezas de metal. Y entre una y otra, las palabras y las manos, forjan una alianza hipotética entre lo que escucho y lo que imagino, o entre una viga y otra de su puente.
Las palabras para mi abuelo parecen estar todas al mismo nivel porque se fueron depositando allí a lo largo del tiempo. Sus historias encontraron un lugar común en la experiencia, donde no puede contarte cómo llegó a trabajar en la pasarela del suyo barrio, como él dice, sin hablar de cómo el tío Pepe, el Rojo, le llamó a trabajar el aluminio o cómo cuando empezó a trabajar en Alcántara, cuando Raquel tenía un año, el perito valenciano le pidió que le hiciese a su mujer una vitrina con la pequeña fragua que allí tenían y esa fue su prueba de acceso sin saberlo. Por la alegría que le has dado a mi mujer, le dijo. Todas estas frases y todas estas palabras se sitúan en el mismo lugar de importancia porque la experiencia de toda una vida hizo que se acabasen decantando en el fondo hasta solidificarse. Se depositaron en finas capas, algunas más densas que otras y, por tanto, algunas más lentas de relatar que las otras. Distintas capas con distintos ritmos que, cuando se desprenden, lo hacen por trozos, dejando al descubierto otro que reclama ser sacado a la superficie. Y así, el recorrido se vuelve irregular, porque quizás algunos recuerdos son más lentos de relatar debido a que la memoria es más viva y está más cargada de un valor emocional. Entonces, el estrato se vuelve más denso y cuesta más desprenderse de él. Por ello, hay que hacerlo lentamente. Para no dar un golpe demasiado fuerte que abra una veta y resquebraje recuerdos que están más abajo y así la base empiece a tambalearse y los de arriba también sufran. En esa situación, la única solución sería volver a rellenar los huecos de fantasía y entonces mi madre ya tendría razón.
Esta es una cuestión material que requiere paciencia y que es aburrida, pues el trabajo con las manos y con los materiales, al igual que con las palabras, requiere de práctica y de experiencia previa. Requiere saber cómo tratar un material más blando y uno más duro porque ya se ha hecho antes. Pasa lo mismo con el hierro y con tantos otros materiales, ya que, como apunta Walter Benjamin, narrar es una forma más de artesanía y la relación que mantiene el narrador con su material, la vida humana, es ante todo una relación artesanal. Y tal vez mi abuelo no sea un gran narrador. No estoy seguro, pero desde luego sé que es un buen artesano, como lo era también el Abuelo Barquilla. Pues, para saber narrar, al igual que en la artesanía, se necesita dejar que el tiempo y la experiencia decanten sobre el cuerpo.
De esta manera, cuando le pregunté cómo fue el cambio de la fragua del Abuelo Barquilla a la industria, si le había resultado complicado trabajar con piezas tan grandes a las que no estaba acostumbrado en el pueblo, él me dijo: Eso ya la experiencia. Sabiendo manejar el hierro… Por eso las palabras se alinean con el gesto de sus manos cuando cava en esos recuerdos que vienen y van de un lado a otro: porque todas las palabras tienen la misma importancia, al igual que la memoria corporal de aquello que se hacía en la fragua del Abuelo Barquilla reaparece en la posición de los brazos y las piernas al soldar dos piezas de hierro o al mostrar cómo se sujeta una máquina específica ficticia. Porque eso ya la experiencia. Y así, cuando su superior le dijo: Esta va pa’ la carretera de allí de nuestro barrio. Hazla bien hecha. Él le contestó: Como todas. Porque todas las pasarelas estaban bien hechas y todas están cargadas de la experiencia de un hacer con sentido, las 50 o 60 que habíamos hecho antes y las que hicimos después.
Sin embargo, a diferencia de las otras muchas, esa la firmó. Me imagino que, en este caso, lo que estaba construyendo no era sólo una pasarela. Lo imagino porque cuando le pregunté por qué la había firmado sólo dijo que porque iba al suyo barrio. Pero hace poco le llamé para preguntarle algunas cosas para escribir este texto y me dijo que le estaba haciendo unas tenazas a mi hermana Paula. Me contó que antes cuando las mujeres se casaban se les regalaba unas tenazas o unas estrébedes para la lumbre en miniatura y que, aprovechando que le estaba haciendo unas a la tía Pili, que no tenía, hizo unas para Paula también. Aunque no se casase, todas las mujeres de la familia tenían ya las suyas. Es una historia que se narra con las manos de generación en generación. Me dijo que las estaba haciendo en cobre como las que hacía el Abuelo Barquilla a las niñas del pueblo. Pero ya no había casi chatarra en la fragua y le faltaba una pequeña pieza, así que tenía que utilizar un metal de otro color que desencajaba. Además, no le daba tiempo a grabar sus iniciales en ellas, aunque le hubiese gustado. Pero estaba contento aun así de regalárselas.
Como escribe Úrsula K. Le Guin, hablar y escuchar es como intercambiar partes interiores o mentales de un cuerpo, al igual que las amebas intercambian información genética pasándose a través de un canal o un puente partes internas de sus cuerpos durante un rato. De la una a la otra y recíprocamente. Ella dice que no somos dos cajas conectadas por un tubo que se pasan papeles esperando una contestación, porque eso sería solo un intercambio de información muy rudimentario: una petición o cualquier otro trato que requiera una respuesta rápida. Aunque a veces somos más cajas y menos amebas. Acércame la sal o apaga la televisión. En cualquier caso, la comunicación humana no puede reducirse a información, puesto que, como ella dice, las afirmaciones están repletas de sentido y significado, pero no son información. En mayor medida, la comunicación humana es intersubjetiva y requiere un intercambio mutuo. Funciona en ambos sentidos continuamente. Hablar y escuchar son en última instancia la misma cosa y, para saber narrar, hay que saber escuchar.
De esta forma, cuando mi abuelo Goro me cuenta una historia le escucho, aunque me pueda aburrir a veces, porque sé que todas las palabras están al mismo nivel de importancia por estar repletas de sentido. Y me pregunto si, metafóricamente, mi abuelo me ha cedido sus caderas para que yo pueda sustentar su historia y, por eso, ahora hay una pieza de metal en su cuerpo que desencaja, porque el Abuelo Barquilla dejó retales para chuminadas, pero se han ido gastando o han desaparecido entre la memoria que se quedó demasiado petrificada como para poder golpear la capa externa sin romper otros recuerdos cercanos.
Mi abuelo Goro firmó el puente como se firma una postal o una carta que se envía. No era una pasarela más. Esa tenía algo que desencajaba y que venía de lejos y de cerca a la vez. En ella estaban todas estas cosas que él me cuenta y que yo ahora cuento. Ya si eso la experiencia: la que le había dejado el Abuelo Barquilla en su recuerdo y en su memoria corporal; en la artesanía del material y las palabras; en el pulso para agarrar un soplete y grabar unas iniciales como las que tienen las tenazas y las estrébedes que le regaló a mi madre al casarse, o las que tendrían las de mi hermana, si a mi abuelo le hubiese dado tiempo a grabarlas antes de que ella llegase con el coche al pueblo, o en la cadera que llevo yo ahora.